ESPECTACULOS DE HIPNOSIS
El hipnotizador de teatro es alguien
que trabaja con una “verdad a medias”, que suelen ser las
peores de las mentiras. Hace hipnosis, pero no siempre.
Según qué días, no hace nada de hipnosis. En la España
pretelevisiva hemos tenido a dos de los más geniales
“hipnotizadores” de teatro de todos los tiempos: el Profesor
Alba, y Fassman, quienes, en las décadas de los 40 y 50,
rivalizaban en protagonizar espectáculos de “hipnosis” en
los escenarios de teatros. Otros, menos famosos, actuaban en
las “varietés” de fin de sesión cinematográfica (entonces en
boga) o en circos y fiestas mayores.
Fassman,
en su madurez, renegó de su pasado como hipnotizador teatral
y creó un centro de estudios donde enseñaba técnicas de
hipnosis, meditación y relajación, las cuales salpicaba con
exquisitas demostraciones de magia mental, que él atribuía a
sus dotes paranormales. Nada a objetar (cada uno se gana la
vida como puede, y nadie cobra más que lo que la gente
quiere pagarle.) Únicamente reivindico mi derecho a decir
que lo que hacía Fassman (y muy bien) era la hipnosis de
teatro, que ahora explicaremos. Hacia 1978 llegó al “Círculo
Español de Artes Mágicas” (una de las sociedades más
importantes de magos prestidigitadores del momento, y, en
ese momento, quien escribe estas líneas era su
vicepresidente) llegó al CEDAM, digo, una carta de Fassman
pidiendo que excluyésemos su nombre de los archivos de la
entidad, de forma que no quedase constancia de su actividad
como “prestidigitador” especialista en magia mental. La
petición no fue atendida, por considerar los gestores del
Círculo que era poco pertinente.
Veamos el trabajo del hipnotizador teatral. Como inicio de
sus demostraciones, pide voluntarios entre el público.
Normalmente se presentan dos o tres, de forma rápida, que
son los compadres (a sueldo del hipnotizador). Con ellos
realiza efectos vistosos: “sueño inmediato”, obediencia
absoluta, catalepsias... y caldea el ambiente.
Cuando, tras nuevas peticiones, suben al escenario 10 o 12
personas, el hipnotizador se aprovecha del “miedo escénico”
de los que no son compadres. Despacha rápidamente a los que
no advierte nerviosos o sugestionables, y se queda con las
personas que entiende más simples y colaboradoras. Pueden
ser personas inteligentes, pero bondadosas por naturaleza y
poco dispuestas a crearle complicaciones al artista. De
todas formas, si alguno inicia reticencias a media función,
será ridiculizado y vejado... y mandado a su sitio en la
platea.

Jean Louis Chardans, en su genial obra Diccionario Ilustrado
de Trucos (Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1970) divide
los “clientes” del hipnotizador teatral en: compadres
(pagados), simpatizantes (gentes bondadosas), tímidos (hacen
lo que se les dice) e imitadores (hacen lo que los demás por
miedo a quedar mal). El hipnotizador juega con el miedo y la
simpatía. Sus sujetos responden a dos conceptos bien
definidos: quienes soportan la experiencia, y quienes actúan
en la experiencia.
Se busca crear en los sujetos tres grados de inconsciencia
más o menos total o voluntaria: “sueño” provocado,
obediencia de órdenes e irresponsabilidad total.
Los compadres son quienes llevan la peor parte: atravesados
con agujas, o desnudándose ante el público (a pesar de las
“exhortaciones” de sus “familiares”). Pero también es
posible que algunos “nerviosos” inocentes hagan las mil y
una, dejando sorprendido incluso al hipnotizador.
Si alguno de los sujetos no se presta al juego, el
hipnotizador teatral suele imprecarle con frases del estilo
de “Solamente hay dos casos en que yo fracaso: con
retrasados mentales o con alcohólicos”. El público se ríe, y
la persona molesta se marcha en el 90 por ciento de los
casos.
¿Cómo trabaja el hipnotizador de televisión?
Más fácil todavía. Se llena un plató con mil personas
ansiosas de salir en televisión. El mago anuncia que
solicita diez voluntarios, los cuales, después de colaborar,
serán invitados a una merienda opípara y visitarán los
estudios de la TV de turno. Se abalanzan los candidatos. Se
eligen los 10 más “bondadosos”, y, por si acaso, algún que
otro compadre. Se les hacen pruebas de “hipnotizabilidad”.
Cuando alguno fracasa (o sea, no hace lo que el mago le
dice) se le echa sin contemplaciones y se anuncia por la
megafonía que queda excluido de la merendola. Se piden
nuevos voluntarios para sustituir a los caídos en desgracia.
Se llega a tener los diez o doce más dóciles y mansos. Se
actúa. Si alguno falla, se dice “¡Corten!” y se le manda a
su sitio (o se le expulsa del plató). Al final se montan las
escenas más adecuadas, y el programa se emite con insólitas
demostraciones del hipnotizador, que, milagro, jamás tiene
un fallo cuando la emisión definitiva llega a las pantallas.