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Kirsten Dunst es lánguida. En el calor de una tarde de primavera en el norte, la actriz de 22 años está casi derretida en un sillón del lobby del hotel Chateau Marmont. Ella viene a veces aquí, con una amiga, y se queda a tomar algo en la pileta. "Es como una jornada distinta, una especie de pequeña vacación",
dice Dunst mientras muerde el sorbete de su café helado. Su rubia blancura parece más irregular ahora que está liberada de los dictados del vestuario y el maquillaje. Usa unos shorts azules gastados, una remera blanca que le queda grande y tiene un raro peinado con colita y varias hebillas.
Las vacaciones es algo que figura en el horizonte a mediano plano de la actriz, que acaba de comenzar lo que serán unos meses de intensa actividad para promocionar en varios países el lanzamiento de El Hombre Araña 2. El tour incluirá varias tapas de revistas (incluida una sesión de varios días con el celebrado fotógrafo Mario Testino para Vogue) y un paso por inacabables programas de
televisión (incluyendo un especial de Oprah).
Dunst no tiene la procesada emotividad de alguien que ya ha estado demasiado tiempo bajo la luz pública. Es un milagro, tomando en cuenta que trabaja desde los tres años, que apareció en más de 70 publicidades y que empezó en cine a los doce años en Entrevista con el vampiro.
Ella admite que puede llegar a ser algo cándida, una encantadora cualidad que muchas veces la mete en problemas. Usa sus ojos para generar efecto —como para decir que una de sus películas no le gusta nada, por ejemplo— y parece decir siempre la verdad.
El Hombre Araña 2 no viene acompañada de mirada cómplice. En parte, porque ella tuvo mucho que ver en la construcción de su personaje, Mary Jane Watson. "La verdad es que estaba cansada de interpretar el papel de la novia estúpida y he decidido que no lo voy a hacer más —dice—. Mary Jane no es así. Es un papel vital. La historia de amor es lo más importante de la película, y en la secuela la relación
de Peter con ella hasta afecta sus poderes y todo lo que hace".
Al final del primer filme, Mary Jane le declara su amor a Peter Parker (Tobey Maguire), quien no puede ser recíproco. En la segunda, la historia sigue desde allí. "Mary Jane ha crecido mucho, pero Pete sigue siendo bastante infantil en su relación con ella. El no puede estar con ella porque tiene esta otra cosa, los poderes y eso", dice la actriz.
En esta ocasión, Dunst tuvo varias conversaciones con el director Sam Raimi sobre Mary Jane. "Quería que fuera muy fuerte en sus charlas con Peter —dice—. Que tenga ideas y poder de decisión. Quería que ella fuera la que lleva las riendas de la relación y determinando lo que termina sucediendo en la historia. Y lo logré. Eso me pone muy contenta".
El segundo filme costó más de 200 millones de dólares y se estrena en los Estados Unidos el 30 de junio (al día siguiente se conocerá aquí). Por un momento se creyó que Tobey Maguire no regresaría al papel por una combinación de problemas en la espalda y mala relación con el estudio, una situación que fue bastante incómoda para la actriz. ¿Por que? Porque el reemplazante propuesto era Jake Gyllenhaal, su
novio desde hace varios años. "Era raro —dice—. Nada fácil. Jake y yo trabajaremos juntos tarde o temprano, pero mejor que no fue en El Hombre Araña. No hubiera sido bueno para la película. Mejor que siga Tobey".
Hacer la secuela, dice, fue muy diferente. "Antes compraba toda la excitación de Hollywood —dice—. Me excitaba estar paveando en un set. Ahora prefiero hacer otras cosas. Me encanta lo que hago, pero ahora sólo quiero ir a trabajar y volver a mi casa a vivir mi vida". Tener una vida fuera del negocio parece ser un tema muy importante para Dunst. "Lo que me molesta es que durante muchos años de mi
vida solo me ocupé del trabajo", dice.
Ella recuerda esos años en los que su madre artista la llevaba a audiciones para comerciales en Nueva York con más extrañeza que resentimiento. "Yo jugaba y me divertía —dice—. Hacía a mi mamá feliz. Me gustaba actuar para la gente y todos lo disfrutaban. Probablemente no sea bueno que un chico quiera eso. Es como querer amor y atención de alguna parte. Es raro".
A partir de los 19 años empezó a elegir los papeles por su cuenta, guíada más que nada por la intuición y su interés por los "directores, directores, directores", repite como un mantra. Así, trabajó con Michel Gondry sobre un guión de Charlie Kaufman en la inminente Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (ver recuadro), y pronto se la verá en Wimbledon, de Richard Loncraine ("una especie
de Nace una estrella en el mundo del tenis"), e interpretando a una azafata en Elizabethtown, la nueva comedia romántica de Cameron Crowe. Para obtener este papel, tuvo que pasar una audición por primera vez en años: "Me puse terriblemente nerviosa", admite.
Actualmente, vive en una nueva casa con Gyllenhaal, su ovejero alemán y no demasiados muebles. Ella advierte su paso al estrellato en el hecho de que hay cada vez más gente alrededor suyo ocupándose de sus necesidades. "Decís que te sangra la nariz y tenés doce personas trayéndote un pañuelo", dice. Y tras girar sus ojos, y poner un acento de rubia tonta californiana, agrega: "¡Me sangra la nariz, chicos!"
"No quiero que me traten como un bebé —dice, volviendo a poner su voz—. Este es un tiempo en que quiero crecer y ser tratada como un adulto". |
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