Entrevista a Tom Cruise sobre Misión Imposible
2
Después de dos paseos fuera de ese cine
comercial que le ha dado fama y poder (Eyes Wide
Shut, a las órdenes de Stanley Kubrick, y
Magnolia, de Paul Thomas Anderson, por la que
consiguió un Globo de Oro como actor secundario
y una nominación al Oscar), el marido de Nicole
Kidman y ahora productor de Alejandro Amenábar
vuelve a terrenos que le son familiares,
repitiendo su papel de agente intrépido, en
Misión: Imposible 2.
Tom Cruise sigue la senda del éxito conseguido
con Misión imposible, de Brian De Palma, en
1996, y reaparece en el mismo papel en esta
Misión: Imposible 2, secuela producida por él
mismo y dirigida ahora por el especialista en
cine de acción John Woo. Basada en la serie de
televisión de finales de los sesenta, la
película se centra en Cruise, un agente especial
de la CIA al que su superior (Anthony Hopkins)
encarga reclutar a una ladrona de joyas (Thandie
Newton) para que espíe a un antiguo amante suyo
(Dougray Scott), un criminal ex agente que ha
robado el antídoto de un peligroso virus de la
gripe.
Cruise, nacido un 3 de julio, tiene hoy 38 años.
Es un adicto a la adrenalina, practica el vuelo
acrobático y conduce coches de carreras, por lo
que no tuvo problemas a la hora de interpretar
personalmente las escenas más peligrosas de
Misión: Imposible 2. Su infancia fue difícil.
Era disléxico y creció en un entorno de grandes
carencias económicas, pero una vez que el padre
abandonó a la familia, su madre y sus tres
hermanas volcaron todo su cariño en el futuro
actor que se inició en pequeños papeles en Taps,
más allá del honor (1981), y Rebeldes (1983), de
Francis Coppola. Recibió grandes elogios por su
interpretación en Risky Business (1983) y el
éxito de Top Gun (1986) lo elevó a la categoría
de estrella, pero se le comenzó a considerar un
actor importante a partir de sus trabajos con
Paul Newman en El color del dinero (1986), de
Martin Scorsese, y con Dustin Hoffman en Rain
Man (1988), de Barry Levinson. Ganó un Globo de
Oro y fue nominado al Oscar por Nacido el 4 de
julio (1989), de Oliver Stone. Actualmente es
una máquina de hacer dinero en Hollywood. Con
Stanley Kubrick y junto a su mujer, Nicole
Kidman, rodó Eyes Wide Shut, un filme con el que
intentó ganarse cierta reputación en círculos
cinematográficos más selectos, algo que terminó
consiguiendo por su inquietante papel en
Magnolia, de Paul Thomas Anderson, que le
procuró este año otro Globo de Oro y otra
nominación al Oscar.
¿Qué variaciones quiso introducir en esta
segunda parte de Misión imposible?
La primera parte era una película de Brian De
Palma, y ésta es una película de John Woo. Tenía
interés por saber lo que haría John. Él diseñó
el argumento, que es como una danza, una
combinación de realidad y surrealismo que da
verosimilitud a las emociones; sus películas y
las imágenes que emplea tienen una cualidad
mítica. En este caso, se trataba de recrear un
mito clásico: Belerofonte tenía que capturar a
Pegaso, el caballo alado, y matar a un monstruo,
la Quimera. Ése es el origen del virus. La
película tiene mucho suspense. Es un relato de
aventuras que muestra la lucha del bien contra
el mal: una constante de Woo. Como además es un
romántico, muestra el triángulo amoroso de los
tres protagonistas partiendo del esquema de
Misión imposible.

¿Qué es lo que le atrajo de la serie Misión
imposible? ¿Siempre quiso interpretar a un
agente secreto, un moderno James Bond?
No. De niño quería ser un aventurero, no un
espía. Mi objetivo era que nuestras películas
tuvieran un acento propio y singular. No es que
sea contrario a James Bond: sus películas están
muy bien. Me gusta ese mundo de espías lleno de
artilugios. Pero cuando tuve la oportunidad de
hacer algo de este tipo quise darle la vuelta,
hacer algo interesante, con un buen argumento y
muchos giros inesperados. Tenía grandes deseos
de actualizar la vieja serie de televisión,
suprimir algunos elementos y adaptarla a la
década de los noventa y a 2000. Quería utilizar
las máscaras, por supuesto: me gustaba la idea
de arrancármelas de la cara. Era una serie de
acción bastante cerebral, así que nuestras
películas debían seguir la misma pauta. Quería
que tuviesen un buen argumento y unos buenos
diálogos, que fueran nítidas e ingeniosas.
Le gusta tanto la acción que insistió en hacer
las escenas peligrosas de ambos filmes, a pesar
de que John Woo y la productora estaban
preocupados por su seguridad. ¿Por qué le da
tanta importancia a este aspecto de su trabajo?
Cuando voy al cine, me gusta que la película me
mantenga en vilo, así que cuando actúo quiero
que el público experimente esa misma sensación.
Esas escenas funcionan porque son reales. Cuando
hicimos la primera le dije a los de la Paramount:
“No me hagáis preguntas y así no os mentiré”,
ése fue nuestro acuerdo. Confiaba en John porque
es un hombre muy amable y considerado: cuidó de
mí, y se preocupó siempre de que no me hiciera
daño. Sé que se puso muy nervioso cuando salté
al reborde del precipicio, pero a mí me pareció
uno de los mejores momentos. Era un día precioso
y subir aquella montaña fue muy divertido,
porque me encanta escalar. Repetí el salto siete
veces y nunca me caí del saliente. Tenía
confianza, me encontraba bien, no estaba
nervioso aunque fue un salto considerable.
En Misión: Imposible 2 queda suspendido al borde
de un precipicio, se tira de un helicóptero,
dispara mientras conduce una motocicleta… En la
vida real le gusta pilotar aviones y coches de
competición. ¿Por qué sigue corriendo esos
riesgos después de casarse y tener hijos? ¿No le
da miedo morir?
No creo ser una persona temeraria. Son cosas que
tengo que hacer y disfruto haciéndolas. Habrá
gente que crea que corro riesgos innecesarios,
pero a mí me parece divertido. En cualquier
caso, todo lo que se hace en la vida entraña un
riesgo. Como padre, quisiera animar a mis hijos
a emprender todo aquello que les haga felices y
que suponga un reto personal. Eso es lo que hago
y así es como soy, y Nic, mi mujer, era
consciente de ello cuando se casó conmigo.
Siempre he sido así, y pienso seguir haciendo
estas cosas mientras pueda, porque quiero vivir
mi vida plenamente. De todas formas, cuido de mi
seguridad: calculo los riesgos. Incluso cuando
voy a pilotar aviones, dedico más horas al
estudio que al ocio. Cuando estaba preparando
los saltos y escenas de riesgo con los
especialistas de Misión: Imposible 2, si tenía
la sensación de que algo no era prudente o
resultaba innecesario para la película, lo
evitaba.
Esa audacia, ¿ha contribuido a su éxito
profesional?
En mis inicios, había gente que decía que era
demasiado intenso y sin sentido del humor, pero
a mí me parecía que estaba aprendiendo a
protegerme. Quería alcanzar algunos objetivos
como actor, por pura devoción al oficio. Estoy
convencido de que el fracaso no tiene tanta
importancia, y eso me permite sobreponerme al
miedo y seguir adelante.
¿Su fe en las técnicas de la cienciología le
ayuda a dominar sus inseguridades?
En el fondo, tengo confianza en mí mismo y en
mis decisiones. A veces no se trata siquiera de
confianza en mí mismo. Sé que si pretendo que
algo vaya bien tengo que trabajar mucho para
lograrlo. A veces se tiene suerte, otras veces
hay que esquivar las balas. Pero, en definitiva,
hay que esforzarse mucho. Es cierto que mi
filosofía da mucha importancia al trabajo y que
exijo mucho de las personas que colaboran
conmigo, pero nunca pido nada que no esté
dispuesto a dar. Una de las normas para todo
aquel que quiere trabajar conmigo es que
disfrute haciéndolo. Para soportar la presión
hay que saber reírse de ella. Creo que mi
interés y mi gusto por lo que hago se refleja en
las películas.
Desde el comienzo de su carrera parecía estar
muy seguro de sus objetivos. ¿No tuvo algún
momento de indecisión?
Es difícil estar seguro, sobre todo cuando se
empieza. En la época en que estaba rodando Taps
pensé que podían despedirme y que quizá no
volvería a trabajar. Después me di cuenta de que
estaba equivocado y de que el papel era mío.
Cuando hice Risky Business me sentí muy
tranquilo: el trabajo era interesante y no
necesitaba el dinero. Recuerdo que hablé con
Paula Wagner, mi socia actual, y le dije: “No me
importa el dinero. Lo que me interesa es tener
la oportunidad de trabajar como actor el resto
de mi vida”. Veinte años después sigo
disfrutando con lo que hago. Eso es lo
fundamental: disfrutar con lo que haces y estar
dispuesto a asumir tus propios errores, por
ridículos que parezcan. También he descubierto
que ser dueño de mi destino supone, a veces, no
saber adónde voy, confiar en que todo va a salir
bien y divertirme. Mi propósito en este momento
es disfrutar cada vez más.
Padeció dislexia de niño y pudo superarla
gracias a una técnica de estudio basada en la
cienciología. ¿En qué medida le sigue afectando
este problema?
Soy disléxico y lo he sido siempre. No lo pasé
tan mal como otra gente que conozco, pero tuve
muchas dificultades en la escuela. Tenía que
trabajar más que el resto y prestar más atención
en clase. Después de graduarme en el instituto
dediqué mucho tiempo a la lectura: ahora no me
plantea ningún problema, aunque leo más despacio
que otras personas. Puse mucho empeño en
superarme leyendo todo lo que caía en mis manos.
Ahora, por ejemplo, leo el periódico todos los
días, y mi vocabulario es mucho más extenso.
Usted es muy diferente del seductor desaprensivo
que interpretaba en Magnolia. ¿Cómo aprendió a
respetar a las mujeres en una sociedad en la que
tantos hombres abandonan a sus familias, como
hizo su padre? ¿Tomó la decisión consciente de
actuar de otra manera?
Nunca he querido ser una persona de esa clase:
está claro que soy muy distinto. Sigo estando
casado, llevo 10 años con Nic, tenemos dos
hijos. Frank, el de Magnolia, era soltero y
tenía problemas muy serios de equilibrio: es un
personaje fronterizo. Es evidente que yo no soy
así, porque me he criado con mis tres hermanas y
mi madre. Si alguna vez hubiese tratado así a
una mujer hoy estaría bastante maltrecho. Veía
las cosas desde la perspectiva de las mujeres:
me fijaba en cómo les trataban los hombres.
Naturalmente, tomaba partido por mis hermanas.
Siempre me he puesto del lado de ellas, las he
comprendido y respetado. Mi socia en la
productora, Paula, es una mujer. Adoro a mis
hermanas, quiero y admiro a mi madre y, por
tanto, quiero a todas las mujeres porque me
recuerdan a ellas.
Trabajó dos años con su mujer en Eyes Wide Shut,
una película dirigida por Stanley Kubrick que
trata de las obsesiones sexuales y los celos.
¿Cómo afronta estas cuestiones en su vida
cotidiana?
Tengo suerte, porque pertenezco a ese reducido
grupo de personas que nunca sienten celos. Mi
punto de vista personal es que la monogamia es
una opción, y en el caso de mi pareja, funciona.
Hay quien opina que la infidelidad es necesaria,
pero yo creo que es mejor comunicarse y hablar
de esas cosas: es una de las condiciones para
mantener viva la relación. Desde el punto de
vista profesional, me interesan mucho los temas
de la obsesión y los celos, porque tienen un
valor universal. Por su causa se han hecho
guerras, se han hundido barcos y se ha puesto a
la gente de rodillas. Son sentimientos primarios
muy poderosos.
¿Cómo fue su experiencia de trabajo con un viejo
maestro como Stanley Kubrick, en comparación con
el joven Paul Thomas Anderson o un chino como
John Woo?
El rodaje de Eyes Wide Shut me enseñó a ser
paciente. Puso a prueba mi grado de compromiso
profesional: llegado a ese extremo, me di cuenta
del placer que me proporciona la interpretación.
Aprendí mucho de Stanley Kubrick, de su
composición y su técnica narrativa. Cuando
trabajas con alguien que analiza todos los
elementos de una escena sientes que ése es un
privilegio muy poco habitual. Hizo la película
que quería hacer, y eso me parece admirable. La
experiencia con Paul fue distinta, pero
igualmente satisfactoria. Sientes que te está
ayudando y, a la vez, quieres ayudarle. Pone
mucho entusiasmo y energía en su trabajo:
descubre posibilidades ilimitadas. Fue una
experiencia maravillosa. John Woo es un tipo
sensacional: no hay duda de que es un gran
director. Admiro su estética profundamente.
Aunque hace películas violentas, tiene una
enorme humanidad.
¿Cuáles son las películas, los actores y los
directores que más le impresionaron en su
infancia?
De pequeño iba mucho al cine, y hubo muchas
películas que me impresionaron. Recuerdo que vi
2001, una odisea del espacio, de Kubrick, en
Canadá. Era el cumpleaños de mi hermana pequeña
y fuimos a un restaurante chino y luego a ver la
película. Era un cine enorme y pasaban una copia
de 70 mm. No quedaban asientos, así que me subí
a los hombros de mi padre. Naturalmente, no
entendí el argumento, pero de niño quería ser
astronauta, así que me parecía estar
participando en la misión Apolo. Ya en aquel
momento era consciente del poder del cine. Ni
siquiera sabía distinguirlo claramente de la
realidad. Más adelante, he vuelto a ver la
película varias veces, pero no olvidaré aquella
noche: la música, el ritmo de la percusión en
aquella sala.
Una estrella como usted, con un salario tan
enorme, ¿puede permitirse actuar en películas de
bajo presupuesto que le aporten una experiencia
más personal?
Siempre estoy interesado en emprender proyectos
originales. Jerry Maguire, por ejemplo, es una
película con un presupuesto comparativamente
bajo, y tanto Rain Man como Nacido el 4 de julio
eran conceptos muy ambiciosos, que no tenían
asegurado el éxito de taquilla. Misión imposible
es la película de más éxito que he hecho nunca,
pero eso es imprevisible: no imaginaba que
pudiese recaudar tanto dinero.

Cuando hago una película no sé cuál va a ser
su resultado comercial. Elijo las que me parecen
interesantes.
¿Le gusta jugar con su imagen de buen chico
interpretando a personajes turbios y malvados
como en Magnolia o Entrevista con el vampiro?
Mi ética personal no siempre está reflejada en
los papeles que interpreto. No elijo a mis
personajes por su moralidad. Lo que sucede es
que los guiones me parecieron muy atractivos y
me ofrecieron la posibilidad de superarme.
Lestat era un personaje complicado, porque en el
libro es un individuo muy inteligente y erudito,
de modo que intenté darle profundidad y sentido
del humor. Lo importante para mí, como actor,
fue dotar al personaje de un fundamento
emocional que lo hiciera creíble. En cuanto a mi
carrera, me he dado cuenta de que la situación
no es la misma cuando eres un actor joven que
cuando te casas y tienes hijos. Hacer una
película es una experiencia que forma parte de
la vida real y exige mucho esfuerzo. Ninguna me
ha parecido fácil, todas han supuesto un
desafío. Pero me parece importante que los
actores no juzguen a sus personajes ni los
consideren malvados, porque tenemos que
experimentar todo lo que sucede en escena y no
limitar nuestra interpretación.
Fuente: lasestrellas.com
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